
Después del terremoto: reconstruir también lo que no se ve
Un terremoto puede durar apenas unos segundos. El movimiento termina, dejamos de escuchar el ruido, comprobamos que quienes queremos están bien y, poco a poco, intentamos regresar a la normalidad.
Pero por dentro, a veces, el temblor continúa.
Una puerta que vibra, el paso de un camión, un ruido durante la noche o una noticia sobre actividad sísmica pueden devolvernos de repente a aquel momento. Algunas personas sienten miedo de quedarse solas, otras tienen dificultades para dormir o necesitan comprobar constantemente que todo está bien. También puede aparecer tristeza, irritabilidad, sensación de vulnerabilidad o una preocupación que antes no existía.
Son reacciones que pueden aparecer después de haber vivido una situación extraordinaria y amenazante.
Un terremoto puede dejarnos muchas pérdidas
Cuando hablamos de duelo solemos pensar en la muerte de una persona querida. Sin embargo, el duelo también puede aparecer cuando perdemos algo importante para nuestra vida, nuestra identidad o nuestra sensación de seguridad.
Después de un terremoto, las pérdidas pueden ser muy diferentes.
Puede haberse perdido a un familiar, un amigo o una mascota. Puede haber personas heridas. Una familia puede haber perdido su casa, parte de sus pertenencias o el negocio que construyó durante años.
Pero existen otras pérdidas mucho menos visibles.
Podemos perder temporalmente nuestras rutinas, nuestra independencia, la tranquilidad económica o la posibilidad de permanecer en el lugar donde vivíamos.
Y hay una pérdida especialmente profunda: la sensación de que estamos seguros.
La casa que hasta ayer representaba protección puede convertirse de repente en un lugar que genera miedo. El suelo, algo que damos por absolutamente estable, nos ha demostrado que puede moverse.
Recuperar esa confianza puede necesitar tiempo.
No todos reaccionamos de la misma manera
Después de vivir un terremoto, una persona puede necesitar hablar constantemente de lo sucedido mientras otra prefiere guardar silencio.
Alguien puede llorar con facilidad. Otra persona puede sentirse aparentemente tranquila durante varios días y comenzar a experimentar emociones intensas más adelante.
También pueden aparecer miedo, tristeza, enojo, dificultades para concentrarse, preocupación constante, problemas para dormir o una mayor sensibilidad ante ruidos y movimientos.
No existe una única manera correcta de reaccionar.
Por eso es importante evitar frases bienintencionadas como “ya pasó”, “tienes que ser fuerte” o “lo importante es que estás vivo”.
Aunque puedan pronunciarse intentando ayudar, pueden hacer que la persona sienta que debería dejar de sentir aquello que todavía necesita procesar.
¿Cómo puede ayudar el acompañamiento tanatológico?
La tanatología no se limita al acompañamiento ante la muerte. También puede ayudar a transitar procesos de pérdida, cambio y adaptación.
Después de un terremoto, disponer de un espacio seguro para hablar de lo vivido puede ayudar a ordenar una experiencia que todavía resulta difícil de comprender.
El acompañamiento tanatológico permite reconocer qué se ha perdido, expresar emociones sin sentirse juzgado y comprender que recuperarse no significa olvidar lo sucedido.
En ocasiones, el primer paso consiste simplemente en poder decir:
“Desde aquel día ya no me siento seguro.”
Poner palabras a lo que sentimos puede ayudarnos a comenzar a comprenderlo.
A partir de ahí podemos trabajar en recuperar rutinas, reconocer nuestros propios recursos, fortalecer nuestras redes de apoyo y avanzar gradualmente hacia una nueva sensación de estabilidad.
No se trata de regresar exactamente a quien éramos antes del terremoto.
Se trata de integrar lo ocurrido en nuestra historia sin permitir que ese momento determine permanentemente nuestra vida.
También los niños necesitan ser escuchados
Los niños pueden vivir un terremoto de manera muy diferente a los adultos.
A veces expresan su miedo directamente. Otras veces aparece a través de cambios en el sueño, necesidad de permanecer cerca de sus padres, irritabilidad, preguntas repetitivas o miedo ante situaciones que anteriormente no les preocupaban.
Decirles que “no pasa nada” puede parecer tranquilizador, pero ellos saben que algo ocurrió.
Es preferible ofrecer explicaciones sencillas, adecuadas a su edad, permitirles hacer preguntas y transmitirles seguridad a través de la presencia, las rutinas y el acompañamiento de los adultos.
También necesitan saber que sentir miedo después de haber vivido algo que dio miedo tiene sentido.
¿Cuándo puede ser necesaria ayuda especializada?
El acompañamiento tanatológico puede ser un apoyo valioso durante un proceso de pérdida y adaptación, pero no sustituye la atención psicológica, psiquiátrica o médica cuando esta es necesaria.
Si con el paso del tiempo el miedo o la angustia continúan siendo muy intensos, aparecen crisis frecuentes, resulta imposible dormir o realizar las actividades habituales, existe un deterioro importante de la vida cotidiana o aparecen pensamientos relacionados con hacerse daño, es importante buscar atención profesional especializada.
Pedir ayuda no significa que estemos gestionando mal lo sucedido. Significa reconocer que algunas experiencias necesitan diferentes formas de acompañamiento.
Reconstruir también lo que no se ve
Después de un terremoto comienza una tarea enorme.
Se revisan estructuras. Se reparan viviendas. Se limpian calles. Se recuperan servicios y las ciudades empiezan poco a poco a funcionar nuevamente.
Pero existe otra reconstrucción que ocurre en silencio.
La de volver a dormir tranquilos.
La de entrar nuevamente en casa sin miedo.
La de recuperar nuestras rutinas.
La de aceptar aquello que hemos perdido.
La de volver a confiar.
Después de un terremoto reconstruimos edificios, calles y hogares. Pero también hay que reconstruir algo menos visible: nuestra sensación de seguridad.
Y esa reconstrucción no tiene por qué hacerse en soledad.